domingo, 19 de octubre de 2008

Vidas ejemplares 1


Maurice Wilson nace en Bradford (Yorkshire) en 1898, en el seno de una familia social y económicamente acomodada. Desde muy pequeño destaca por sus facultades físicas y por el dominio de idiomas. Su padre, propietario de una fábrica de lana, da por sentado que Wilson terminará encargándose del próspero negocio.

Sin embargo, al día siguiente a su 18 cumpleaños, en 1916 y en plena primera guerra mundial, el chico se alista voluntario en él ejercito inglés. En el frente protagoniza numerosos actos heroicos que le llevan a conseguir la Cruz Militar y a ascender rápidamente en la escala militar. Hasta que resulta gravemente herido por una ametralladora en el pecho y se le repatría como inválido.



Nunca se recupera del todo de sus heridas, pero sobre todo, y como muchas personas de su generación, no consigue ni ser feliz ni reintegrarse a una vida burguesa normal tras los horrores de las trincheras. Así que, tras dejar el ejército en 1919, también termina por abandonar definitivamente el legado de su familia y durante un tiempo deambula por Londres, Nueva York, San Francisco... hasta terminar en Nueva Zelanda. Allí vive varios años hasta que, cuando ya está económicamente acomodado tras trabajar en los más variopintos oficios (vendedor de coches, de mejunjes curativos, de ropa, agricultor...), repentinamente se embarca en un vapor de correos para regresar a su patria.

Este viaje de regreso parece resultar crucial en su vida, pues en el barco conoce a unos yoguis hindúes cuyos ayunos durante semanas y sus ideas sobre la meditación y el autocontrol le impresionan profundamente. Ya en Inglaterra termina por enfermar gravemente, con gran pérdida de peso y violentos ataques de tos. Deprimido, hace case omiso de consejos médicos y medicinas y desaparece sin dejar rastro en 1932.

Un año más tarde, cuando todos le dan por muerto, regresa al mundo civilizado totalmente recuperado y feliz. Ahora todos le dan por loco: había estado viviendo en una cueva en las montañas de la fría Escocia, donde había practicado el ayuno completo y la meditación. Entusiasmado por estas ideas, quiere dar a conocer los valores de la oración y la renuncia como método para alcanzar cualquier meta, pero sabe que esto solo es posible haciendo algo extraordinario y la idea surge de repente: ser el primer hombre en escalar el Everest.


Situemos la época: ocho años antes, en 1924, los montañeros británicos George Mallory y Andrew Irvine habían muerto en la escalada, pocas expediciones lo habían intentado desde entonces y pasarían décadas hasta que Edmund Hilary y Tenzing Norgay lo lograsen en 1953. Y para el primer ascenso en solitario habría que esperar hasta 1980. Por otra parte, tras la gran guerra, una hasta entonces muy primitiva aviación había tomado un gran impulso y avances técnicos y récords de todo tipo se sucedían.


Wilson reúne ideas y ya tiene un plan: volará con su propia avioneta hasta el Tibet y se dejará caer en las laderas altas de Everest para emprender desde ahí el ascenso. Pero hay dos problemas: ni sabe pilotar ni tiene ex
periencia en alpinismo.


No se amilana: al tiempo que se documenta como puede sobre el Everest, consigue el equipo que considera adecuado para la empresa (sacos de dormir, tienda de campaña, piolet, cuerdas) y comienza a prepararse. Su "entrenamiento" consiste en calzarse unas rudimentarias botas de clavos y dar largos paseos y acostumbrarse al peso de la mochila marchando por una colinas de Gales. Para probarse, llega a lanzarse en paracaídas sobre Londres, hecho que termina por rodear al proyecto de gran controversia. El estilo de los informes victorianos de la época, que calificaban como "molestas" las dificultades de las primeras expediciones, enfrentadas a tremendas paredes de hielo, al riesgo de avalanchas y a todo tipo de penalidades derivadas del entonces poco conocido "mal de altura" y del frío escasamente mitigado por los equipamientos de aquellos años, contribuye a que Wilson considere suficiente su preparación y que, sin ningún tipo de asesoramiento en montañismo o alpinismo y sin haber pisado la nieve en escalada, pase con rapidez a la segunda fase de su preparación.

Se compra un biplano de segunda mano (un Gipsy Moth al que puso el nombre de Ever Wrest) y comienza a recibir clases en el aeroclub de Londres. Este aprendizaje, quizás por su impaciencia, le cuesta más de lo esperado y apenas consigue obtener la licencia de piloto. Su instructor, consciente de que Wilson apenas podía dar unas vueltas al aeropuerto los días sin viento y espantado ante su idea de volar a Asia, trata de que desista de tan descabellado plan. Pero es en vano. Wilson fija la fecha de salida el 21 de abril de 1933, el día de su 35 cumpleaños.

Sin embargo, en un primer vuelo para ver a sus padres en Shipley antes de su aventura, estrella su avioneta en un campo cerca de Clifton, y se salva de milagro. Este accidente le supone tres semanas de reparaciones, y también una fuerte atención mediática que finalmente hace que el mismo Ministerio de Aire le prohíba de forma oficial emprender más vuelos. Wilson rompe el telegrama que le impide despegar y el domingo 21 de mayo su biplano parte hacia el Tibet.

Contra todo pronóstico, Wilson demuestra ser uno de los mejores pilotos de su época volando por rutas poco conocidas, aterrizando en pequeños aeródromos... hasta que en una semana alcanza El Cairo y a base de reponer el carburante de contrabando, donde se le revoca el permiso para volar sobre Persia (Irán). Poco dispuesto a desanimarse, se ve obligado a batir un récord de distancia en vuelo para llegar de una tacada hasta Bahrein. Allí, siguiendo órdenes del consulado británico, se le permite repostar a condición de que regrese a Gran Bretaña. Una vez en el aire, Wilson dirige su avión hacia la India.

Tras nueve horas de viaje y con los depósitos casi vacíos aterriza en la pista de Gwadar. Wilson había volado ocho mil kilómetros y superando todo tipo de dificultades, para llegar a La India en apenas dos semanas, todo un hito para la época.

Desde allí sigue pilotando por el país hasta llegar a Lalbalu, desde cuyo aeródromo ya se había tratado de sobrevolar el Everst el año anterior. Sin embargo, para Wilson es donde acaba su plan inicial, ya que las autoridades, seguramente alertadas sobre sus precedentes, le incautan su biplano para impedir que violara la prohibición de volar sobre Nepal. Aún así, consigue vender la avioneta por 500 libras para financiarse su viaje a partir de allí. Ya por tierra llega hasta Darjeeling, pero allí tampoco obtiene el permiso para llegar al Nepal a pie y se ve obligado a pasar el invierno planeando una entrada ilegal. Pasa las semanas buscando guías locales hasta que recibe las noticias de una reciente (y fracasada) expedición británica. Que un grupo de alpinistas expertos y bien equipados no consiga alcanzar la cumbre no le hace replantearse su empresa, sino que le pone tras la pista de tres sherpas que habían participado en la expedición: Tewang, Rinzing y Tsering. Los encuentra y logra convencerles para que se unan a él, pese a que ni siquiera dispone de permisos para llegar a las faldas del Everest.

La noche del 21 de marzo de 1934 Wilson y sus tres compañeros abandonan sigilosamente la ciudad, con el equipo de alpinismo escondido en sacos de trigo y disfrazados, primero de campesinos y más tarde de monjes budistas. Van avanzando unos veinticinco kilómetros cada noche evitando los núcleos de población y se enfrentan, en pleno invierno, a arroyos helados, intensas lluvias, remolinos de granizo y tormentas de nieve para eludir las patrullas fronterizas.


El 14 de abril consiguen llegar al monasterio de Rongbuk, a los pies del Everest, donde son calurosamente recibidos y consiguen equipamiento de la anterior expedición. Pero la visión de la montaña resulta irresistible para Wilson y, pese a las penalidades del viaje realizado, solo permanece dos días en el recinto sagrado.

En solitario y con más de veinte kilogramos a sus espaldas, parte decidido hacia el glaciar. En las morrenas glaciares empieza a sentir los males de la altitud y un gran desconcierto ante las grandes grietas, los laberintos de hielo y los bloques rocosos que se encuentra y que le obligan a volver sobre sus pasos una y otra vez. Completamente agotado, alcanza los 6,035 metros de altura, cota del campamento II de la última expedición inglesa. Ahí muestra una vez más su inexperiencia despreciando unos grampones abandonados. Comienza a nevar y Wilson combate su agotamiento con dátiles y pan. Después prosigue el ascenso. Tras cinco días terribles, una gran tormenta de nieve le detiene definitivamente a 6.250 metros, aún unas dos millas por debajo del campamento III de la anterior expedición. "Es el tiempo el que me ha derrotado, qué maldita mala suerte", escribe en su diario. Sin embargo, también los víveres se le acaban y decide regresar al convento. Tambaleándose, con dolores de sus heridas de guerra, un tobillo torcido, medio ciego, y completamente exhausto, emprende un épico descenso que duraría cuatro días.

Wilson consigue llegar a Rongbuk con el último aliento y mientras es atendido por los impresionados sherpas, escribe en su diario "sé que puedo conseguirlo". Tras tomar su primera comida caliente en diez días duerme 38 horas seguidas. Recuperarse totalmente del intento le lleva otros dieciocho días. Hasta que el 11 de mayo escribe en su diario: "partiré mañana suceda lo que suceda, sólo me sentiré feliz cuando lo haya logrado".

El 12 de mayo se pone de nuevo en marcha, esta vez acompañado por Tewand y Rinzing. Además de un rudimentario equipo y su diario, lleva una tienda, tres panes, dos latas de harina de avena, una cámara, y su bandera de Gran Bretaña. El conocimiento del terreno por parte de los sherpas hace que el grupo alcance en tres días el campamento III, cercano a las laderas que dan a la pared norte. Sin embargo, el mal tiempo les retiene allí casi una semana, por suerte con algunos víveres abandonados. Ahí Wilson planea posibles rutas para afrontar las pistas de hielo y, según escribe en su diario, confía en poder contar con las cuerdas y los escalones hechos el año pasado por la anterior expedición hasta el campamento IV (lo cual vuelve a demostrar su absoluto desconocimiento del medio). Cuando cinco días más tarde no halla ninguno de estos restos se siente decepcionado, pero se prepara para alcanzar el collado el día siguiente.

El 22 de mayo parte con Rinzing, quien pronto se agota y decide regresar al campamento. Wilson, otra vez solo, invierte cuatro días intentando progresar desesperadamente, con lentos y penosos avances, tallando escalones con su piolet y colocando tornillos de hielo. Aterido, a duras penas consigue dormir en diminutos salientes y cornisas muy expuestas. Pero todo es inútil: finalmente se topa con la pared norte, una enorme pared de hielo completamente vertical que ya había supuesto también el final de la anterior expedición. Hace un último esfuerzo tratando de subir por una chimenea, pero a cada intento le sucede un resbalón. La tarde del día 24, aún en el comienzo de la chimenea, decide descender la cascada de hielo para regresar al campamento de los sherpas.

Completamente extenuado, con el rostro quemado y las vestimentas congeladas, Wilson consigue llegar al refugio. Durante los dos días siguientes, los sherpas tratan de convencerle de que es necesario regresar inmediatamente al monasterio, pero él se niega. Ante este hecho definitivo, hoy se sigue debatiendo si la decisión de Wilson obedece a su creencia de que aún era capaz de alcanzar la cima (pese a la evidencia de la imposibilidad de éxito) o si se debe a que prefería perecer en el intento antes que regresar a Inglaterra derrotado.

En cualquier caso, Tewand y Rinzing deciden esperarle en el campamento y Wilson, ya solo en su tienda y antes de partir, escribe en su diario el 29 de mayo: "este será el último intento, y me siento exitoso". Diez días más tarde, viendo que Wilson no vuelve, los sherpas inician el descenso y el largo regreso y al llegar a Kalimpong, ya a finales de julio, dan al mundo la noticia de la muerte de Maurice Wilson.

En 1935, una pequeña expedición de reconocimiento a cargo de Eric Shipton encontró el cuerpo de Wilson, al que enterraron entre las piedras de la morrena. Junto a los restos de la desgarrada tienda de campaña hallaron su diario.

Según lo que ahí escribió el propio Wilson, aquel 29 de mayo, tras haber dejado atrás a Tewand y Rinzing, solo había conseguido llegar al pié del collado norte. Después había acampado tan solo a unos cientos de metros de donde estaban refugiados los sherpas, y quizás demasiado débil para seguir en ese momento, había descansado un día entero en su saco.


La última entrada de su diario data del 31 y solo pone "Off again, gorgeous day". Algo así como "En marcha de nuevo, un día maravilloso".


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http://en.wikipedia.org/wiki/Maurice_Wilson
http://www.yuricontreras.com/articulosemanal.html
http://www.cesarperezdetudela.com/historias-3.asp

(Spyr-1, octubre de 2008)

1 comentario:

Amelia´s House dijo...

Uns vida curiosa. Y un tipo aventurero y persistente, pero que muy persistente. Persisto: muy persistente...