
El Mayor se consideraba un hombre de mundo. Tal vez por ello se decantó por el fardo grande, el de color verde oliva. Pensaba que el petate de uno reflejaba, a los ojos de alguien lo suficientemente avezado, su personalidad, y no quería empezar su empresa pareciendo un aldeano. Sería horrible dar una equivocada impresión apenas pisara la famosa Estación Central.
Mientras juzgaba las virtudes de su elección con su característico bizqueo, el Mayor no podía disimular su entusiasmo. Había pasado meses concibiendo su ambicioso plan, deteniéndose con placer en sus más pequeños detalles, y durante las últimas semanas estuvo haciendo acopio de cuantas pertenencias y enseres hubo juzgado imprescindibles. Todo el material saldría en un vagón contratado para la ocasión, y estos gastos, junto con los surgidos por los incontables trámites y aranceles que implicaba el cruzar tantas fronteras, le obligaron a prescindir de los servicios de su asistente particular justo cuando más lo necesitaba. Así, los últimos días le resultaron especialmente penosos, ultimando pormenores que ya le parecieron más cargantes que gratos y resolviendo incomprensibles diligencias administrativas, pero finalmente despachó tales asuntos con insospechada resolución.
Por un capricho personal, cual broma privada dirigida a su pasada naturaleza inquieta, había demorado la compra de su saca personal hasta el momento en que todo lo demás ya estuviera resuelto y dispuesto para el viaje. Y el momento había llegado: todo el material le aguardaba en el tren que desde hacía unos minutos podía vislumbrar desde la tienda y, que en escasos minutos, le conduciría a la gran aventura de su vida.
Sabía que no sería fácil llevar a buen término una misión tan innovadora en un país, en apariencia, primitivo, pero el Mayor era un ferviente defensor de la revolución industrial que tanto había cambiado Europa el último cuarto de siglo. Con gesto elegante examinó su reloj de bolsillo y carraspeó ligeramente para llamar la atención del joven dependiente con la discreción que se presume en un caballero de su posición. El vendedor, sin embargo, continuó atendiendo a la pareja interesada en algo que, oculto por la estantería de las maletas, él no podía discernir. El Mayor había dejado en la consigna las escasas pertenencias que pensaba llevar consigo, con el objeto de disponerlas en su inminente adquisición y partir de inmediato. Intuía que un viaje de diez días le resultaría substancialmente fatigoso, por lo que incluyó en su equipaje numerosos reconstituyentes.
Un hombre de mundo no podía, a juicio del Mayor, permitirse mostrar impaciencia, y menos cuando se disponía a lo que juzgaba como una audaz conquista de lejanas tierras. Pero los venideros negocios precisaban diligente determinación: optó por servirse de una pequeña banqueta para alcanzar el macuto. Luchando por mantener el equilibrio, y a la vista de la distancia que aún lo separaba de su objetivo, el Mayor se dispuso a ayudarse de su inseparable paraguas para esta operación. Desde su posición podía comprobar que los compradores que acaparaban la atención del solícito tendero estaban comparando las virtudes de varias sombrereras dispuestas en el mostrador. Pensó con cierto desprecio que donde él se dirigía no se precisaban artículos de esas características, y que, más bien, los utensilios propios de la refinada civilización habían de seguir a los artefactos distintivos de la moderna industria que él iba a iniciar. Con gesto contrariado por el infructuoso esfuerzo, asió el paraguas por el extremo inferior y lo extendió alargando al máximo su cansado brazo. Ciertamente no estaba interesado en sufrir una dolencia muscular que le importunara durante el largo y singular trayecto. De esas tierras, tan vírgenes que apenas unos meses antes no contaban con ferrocarril, sólo le separaban los dos palmos que iban desde el mango del paraguas al cordel del petate.
A través de los ventanales, el Mayor observó que el mozo de estación había comenzado a agitar una pequeña banderola roja, a la vez que pitaba con su silbato. Supuso que el tren estaba concluyendo sus maniobras en la vía. Su misión no podía demorarse por más tiempo. A pesar de su ahogo y de la creciente sensación de ridículo, el Mayor se aventuró, costosamente, a ponerse de puntillas. Ahora anhelaba como nunca un buen trago de uno de sus reconfortantes remedios. En medio de su desmesurada pugna, juzgó improbable que en aquellos territorios que le esperaban pudiera abastecerse adecuadamente de tales tónicos. Con un postrero empeño, ya jadeante, el Mayor saltó en pos del ansiado fardo. Esta ambiciosa tentativa tampoco tuvo los frutos deseados: la estantería se derrumbó sobre su persona y falleció camino del hospital (para entonces, el tren ya había salido y todo).
(Spyr-1, 30-06-03)